Explosión en Montevideo.

octubre 15, 2022

Por Jan Langenus.

Jan Langenus fue el árbitro belga a quien le tocó arbitrar la primera final de una Copa del Mundo, la de Montevideo de 1930. Su figura exótica con gorra negra y anchos pantalones de golfista, hace olvidar a veces el recuerdo que ha dejado como uno de los jueces más serenos de la historia. Estas son sus memorias de aquel partido.

Tuvimos tres días de descanso entre las semifinales y la final y los aptoveché con una rápida visita a Buenos Aires, en el día anterior al partido. Allí descubrimos que la Argentina había previsto la partida de diez barcos especiales, desde Buenos Aires, La Plata y Montevideo, para llevar a sus fanáticos a presenciar la final.

Fue justamente en ese día que me enteré de que había sido designado para arbitrar el partido. Pero sólo gracias a mi buena estrella pude hacerlo. El barco que me debía llevar de regreso a Europa zarpaba a las 15, exactamente la hora en que comenzaba el partido. De modo que tuve que convencer a la compañia de navegación para que postergara un par de horas la salida.

En Buenos Aires no podía sacar mis ojos de la escena de las multitudes dirigiéndose al puerto y en las calles principales, gritando y llevandos cartelones que decían «¡Argentina sí, Uruguay no!«. En el tumulto, de cuando en cuando podían oirse disparos. Se disparaban cohetes, un verdadero despliegue de fuegos artificiales. En Europa es imposible concebir semejante atmósfera.

Cuando abordé el barco para Montevideo, la multitud casi me aplasta; ¡todos querian subir! Ví como un policía impedía hacerlo por tres veces a un hombre, pero insistió una cuarta vez cuando el barco ya estaba en marcha y cayó al agua. Y el policía debió arrojarse al río para salvarlo.

Los aduaneros uruguayos sometieron a los argentinos que llegaban a una minuciosa revisión, en busca de armas. Los diarios de ambos paises se dedicaban a una campaña de articulos chauvinistas y provocativos.

Por razones de seguridad, los uruguayos habian vendido solamente 90,000 entradas, aunque la capacidad del estadio era de 100,000 espectadores. Durante la mañana, los dirigentes europeos discutieron las medidas de seguridad para proteger a los tres jueces, y solamente a mediodía recibí la autorización de los dirigentes de mi federación para aceptar el nombramiento, aunque desde la perspectiva de los hechos parece una tormenta en un vaso de agua. En Sudamérica la gente es tan justa e injusta en sus actitudes deportivas como en cualquier otra parte.

Sin embargo, las estrictas medidas de seguridad adoptadas para permitir la entrada al estadio eran totalmente necesarias. Existía cierto grado de enemistad entre los dos bandos.

Tuvimos dificultades en la elección de la pelota. Cada uno de los adversarios había traído una fabricada de acuerdo a los criterios de su país, y los dos sostenían que solamente jugarían con la pelota propia. Cuando entramos a la cancha, yo llevaba las dos pelotas, y dejé que la decisión la tomara una moneda arrojada al aire.

Al finalizar el primer tiempo, Argentina ganaba 2-1. Pero los uruguayos pensaban que el segundo gol argentino había sido conquistado en posición ilegal. Era el viejo problema de la distinción entre el momento en que la pelota era jugada y el momento en que llegaba el pase. Tanto el línesman, Cristophe, como yo, pensamos que nuestra decisión era justa. Pero quisiera destacar que si el espiritú de la multitud hubiera sido belicoso, allí se hubieran producido incidentes. Nada de eso ocurrio, aunque los locales estaban tristes y algunos de ellos lloraban.

Una o dos veces sentí un estallido. Cuando pasé cerca de Cristophe, me dijo: «¡Son revólveres! ¡Yo lo ví!«. Pero me estaba tomando el pelo para asustarme, porque sólo eran cohetes.

En la segunda parte, nada pudo contener al equipo uruguayo. Pasaron al frente3 a 2, después el poste privó a los argentinos del empate, y finalmente Castro selló el 4 a 2. Hubo un rugido de aplauso de la multitud, las tropas se alinearon y cuando la bandera uruguaya comenzó a elevarse lestamente en el mástil, comenzo a cantar el himno.

Bajé corriendo por las gigantesca escalera, irrumpí en el vestuario, me cambié rápidamente y partí a toda carrera. Después se dijo que los argentinos no pudieron jugar libremente ante el riesgo de recibir un tiro y que la policía me había ayudado a escapar. Nada de eso es verdad.

En el muelle nos dimos cuenta de que el apuro había sido en vano ya que el «Duillio», que tenía que llevarnos de vuelta a Europa, ni siquiera había entrado a puerto. El «Duillio» formaba parte de los tantos barcos inmovilizados en el río por la niebla, y a su bordo estaban miles de hinchas frustrados. Finalmente, alguien nos avisó de que el barco no zarparía hasta la mañana siguiente.

En Europa nunca se vio un espectaculo como el que nos toco en suerte presenciar aquella noche. Por las calles no se veian automoviles, sino la población integra de la ciudad envuelta en banderas, ebria de alegría. Esa noche, mientras se oían las sirenas de los barcos, el gobierno uruguayo decretó feriado nacional el día siguiente.

Mientras tanto, en la Argentina, la derrota sacudió a todo el país. Los dirigentes habían prometido un triunfo. Dándose cuenta de sus errores, renunciaron. Todos trataban de echarle la culpa a alguien y, como de costumbre, a mi, como árbitro, me tocó mi parte.

Ya de vuelta en casa me enteré de que unas semanas después, había estallado una revolución en la Argentina y el presidente Yrigoyen había sido derrocado. Por supuesto, la derrota en el mundial no fue la causa de la revolución, pero indudablemente no ayudo nada a evitarla.

Publicado por «World Soccer», de Londres, marzo de 1981.

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