Con el corazón en la garganta.

agosto 16, 2021
Semifinal 1954 Hungría vs Uruguay

Gianni Brera.

Gianni Brera, el más ilustre de los comentaristas italianos de fútbol, fue un privilegiado testigo del Mundial de 1954. Estaba dispuesto a presenciar el partido con la frialdad del crítico desapasionado. Pero el juego quiso otra cosa, y Brera pudo darnos en crónica viva la medida de la emoción en este choque entre gigantes.

Jamás había presenciado un encuentro tan lleno de acciones. Será por la sangre en común que tengo con uno y otro país, sera por el imprevisto final de los primeros noventa minutos, serán las cumbres del dramatismo, las exquisiteces técnicas y sobre todo el «animus» que todos pusieron en esta caballeresca batalla, lo cierto es que llegamos al final del encuentro con el corazón en la garganta como si hubieran jugado los nuestros. Y lo hermoso es que concluyó sin dejar amargura en nadie. Los uruguayos se inclinaron finalmente ante los mejores, les tendieron la mano, hasta los abrazaron, y también ésto nos conmovió. Los campeones de hoy han cedido el cetro a los campeones de mañana. Porque no hay duda de que Hungría es el mejor equipo del torneo, por más que los alemanes puedan dar el golpe.

Ya habíamos escrito que esta semifinal iba a consagrar al conjunto técnicamente digno para apoderarse del título. Pero en realidad trascendió el hecho técnico. Lo técnico paso a segundo plano ante la estupenda prueba de coraje que proporcionaron ambos. El espíritu de lucha puede llegar al heroísmo auténtico y allí enfrentados estuvieron dos equipos que parecían expresar las virtudes tradicionales de sus pueblos. Los magiares, seguros de si mismos, audaces en su impulso ofensivo; los uruguayos, más contenido, respetuosos del poderoso adversario, pero peleando tenazmente siempre en la lucha, siempre encima de la pelota. Los húngaros abrieron el marcador casi enseguida por intermedio de Czibor, y después ampliaron al iniciarse el segundo tiempo, gracias a Hidegkuti. Con esos dos goles, parecieron seguros triunfadores. Pero los uruguayos absorbieron los golpes sin perder la línea. Siempre tenaces en la defensa -encabezados por su gran líbero Santamaría- no se habían sentido humillados por la exhibición de toque, a veces inútil pero nunca despreciativo de sus adversarios. Y en cuanto tuvieron la oportunidad, reaccionaron con contraataques fulmíneos dignos de su fama. Marcaron un gol, después empataron, gracias a Hohnerg. Su recuperación fue asombrosa. No tanto, atención, en el plano técnico como en el plano moral.

Con el corazón en la garganta.
Hohberg desmayado después de marcar el empate.
(El realidad había sufrido un paro cardíaco y según los médicos, durante quince segundos, estuvo muerto.)

En ese momento nos sentimos orgullosos de ser latinos, de ver en alza nuestro prestigio comprometido por los brasileños en su batalla contra los húngaros. Los uruguayos habían confirmado las bondades de una raza combatiendo en desventaja sin resignarse jamás, habían alcanzado el triunfo moral al no humillarse ante las tramas exquisitas y a veces demasiado fáciles de los magiares, y el público los comprendió y apoyó.

Eran los aparentemente menos fuertes los que, sin necesidad de arrojarse a la desesperada, habían igualado a los mejores. Y al iniciarse y el primer tiempo suplementario, los celestes comenzaron a parecer los más indicados para imponerse, aprovechando el compresible bajón de los húngaros. En su ofensiva, sacudieron el poste de Grocsis y perdieron el fácil rebote que pudo colocarlos 3 a 2 y quizás llevarlos a la victoria. En ese momento, Shiaffino quedaba lesionado y debía salir del campo. Pesaban los cien minutos de terrible esfuerzo. Pero finalmente los húngaros reencontraron la voluntad y el valor para lanzarse al ataque impulsados por Kocsis, ese extrañísimo jugador que oscila entre lo temeroso y lo temerario, que a veces uno lo ve abúlico, inmovil en la cancha y de pronto se lanza a un rushtan armonioso y elegante que parece una danza.

Kocsis encontró en dos ocasiones la áerea ligereza que lo ha convertido en el goleador de este torneo. Supo elevarse con un tempo y una precisión tales que dejó inmóviles a los magníficos defensores celestes. Máspoli, más valiente que sabio, quedó casi humillado por esos toques maestros de cabeza. Los uruguayos lo sufrieron con una dignidad que puede señalarse como ejemplo. Acogieron la derrota como hombres convencidos de que habían jugado en el plano supremo del deporte y podían invocar con razón a la mala suerte. Su abrazo a los húngaros conmovió a todos: era la verdadera consagración del campeón.

Desde el punto de vista técnico vale la pena profundizar lo que hicieron ambas escuadras. Ninguna de las dos pudo disponer del equipo completo. Falto Puskas, que por si mismo es factor de victoria. Puskas ausente obliga al técnico Madl a precarios retoques. Palotas no es un elemnto que agregue estilo y clase. Vasas corrio mucho sin acercarse al nivel de sus compañeros, que rehuían su participación en el juego asociado. Kocsis no podía superar la marca de Martínez con la pelota en el suelo. En cambio, el viejo Hidegkuti trabajó mucho y bien sobre la izquierda, haciéndolo mover a Czibor de acuerdo con sus preferencias. Y Czibor fue el factor decisivo en el tiempo suplementario. Pero sin duda Hidegkuti debe ser considerado la figura de su equipo. Detrás de él, el gigante de siempre, Boszik, que mantuvo un duelo apasionado con un hombre de su mismo nivel: Schiaffino.

Los uruguayos lamentaron dos grandes ausencias: la de Obdulio Valera y el puntero Abbadie. Dispusieron a sus defensores de acuerdo con «el método«. Santamaría como líbero, Martínez sobre Kocsis, Carballo sobre Hidegkuti. Pero fue una marcación que hizo las cosas fáciles para los húngaros, que dispusieron de espacio para desarrollar buen número de las jugadas que vienen practicando desde hace años.

De los defensores uruguayos, de lejos el mejor fue Andrade. También estuvo grandioso Martínez, no solo en defensa sino también en sus excursiones de ataque, algunas de las cuales no concluyeron en gol por mala puntería. Y merece un elogío entusiasta Schiaffino. Si es cierto que el Milán lo ha comprado, pronto veremos en acción a uno de los cuatro o cinco mejores jugadores del mundo.

Lamentamos que la hora tardía nos impida corregir este despacho. Estamos escribiendo al correr de la máquina, con el corazón todavía agitado por el magnifico espectáculo que acabamos de presenciar. Fútbol entre gigantes, el deporte más hermoso del mundo.

Publicado en: «La Gazzetta dello Sport» de Milán, Italia, el 1 de Julio de 1954.

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